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El Periódico del Tiétar

Por elperiodicodeltietar 05 jul, 2017
J. M. Crespo

Escribía Darwin, hace más o menos ciento treinta años, que uno de los mayores obstáculos que encontró la ciencia en el XIX fue la incapacidad humana para sumar los efectos recurrentes. Cuando estos son, en cierta medida, responsables de gran parte de los mayores cambios que se producen en la Tierra, como el lento e incesante trabajo de la erosión o el imperceptible movimiento de los continentes.

Una incapacidad determinada muy probablemente por nuestra noción de tiempo que está, lógicamente, adaptada a una escala temporal humana, con ciclos de corta duración como día-noche, las estaciones o nuestra propia vida. Por esto, comprender procesos que precisan miles o millones de años ha sido siempre un complejo ejercicio de imaginación, más cuando la experimentación no es posible. Y esta fue sin duda una de las más grandes dificultades que la teoría de la evolución tuvo que superar. La selección natural actúa sobre los organismos de manera imperceptible y con el paso de dilatados períodos de tiempo.

Posiblemente por este motivo y la curiosidad de Darwin por los aspectos importantes de la naturaleza, su última obra, publicada apenas cinco meses antes de su muerte en febrero de 1882, fue dedicada a la vida y función de las lombrices de tierra: La formación del manto vegetal por la acción de las lombrices. Pequeños habitantes del suelo que poco a poco digieren toneladas de materia orgánica vegetal que mineralizan, posibilitando así que las plantas puedan disponer de su alimento.

El naturalista inglés observó de cerca la biología de estos gusanos durante cuatro décadas, tomando notas sobre sus poblaciones y el ritmo al que se desarrollaban las capas de suelo y concluyó que la porción orgánica que cubre la tierra había pasado varias veces por su intestino. De nuevo un efecto recurrente, imperceptible a nuestros ojos, suponía un proceso insustituible para la continuidad de la vida.

El hábitat de las lombrices es el suelo, posiblemente el medio más diverso y densamente poblado de la superficie terrestre, pues en tan sólo un puñado de ese sustrato oscuro que denominamos humus, los microorganismos se cuentan por millones y un innumerable elenco de invertebrados como insectos, miriápodos o arácnidos, constituyen la más compleja de las cadenas tróficas en la que los descomponedores suponen el soporte vital del sistema.

Los beneficios de las lombrices son múltiples. A su labor de digestión de la materia orgánica, se debe sumar la de crear todo un entramado de galerías que permiten la circulación del aire y el agua, convirtiendo los primeros centímetros de suelo en una especie de esponja que absorbe el agua de lluvia, evitando así la escorrentía superficial y la consecuente erosión. Además, su población, que se estima en hasta el cincuenta por ciento de la biomasa animal de ecosistemas como bosques o praderas, supone un alimento indispensable para multitud de aves, mamíferos, reptiles, anfibios e insectos. Y también el hombre ha sabido ver en estos ciegos devoradores de hojarasca un valioso aliado, no sólo como cebo para pesca, sino como una sostenible industria basada en la obtención de compost ecológico de alta calidad, la lumbricultura o vermicultura.

Cuando paseemos por entre nuestros castaños o rebollos podemos bien detenernos un instante y con las manos escarbar entre la hojarasca húmeda para abrir paso a la luz hacia un mundo oscuro y silencioso. Descubrir cómo en estos pocos centímetros atmósfera, hidrosfera, biosfera y litosfera interactúan como en ningún otro lugar. Y que allí habitan la lombriz, la hormiga y tantos más que no hacen sino asegurar que el bosque permanezca y con él la vida en el paisaje.

En este siglo XXI, en el que la palabra sostenible acompaña a casi todo aquello que no acaba de serlo, tan sólo tendríamos que mirar bajo nuestros pies y entender que no se trata de inventar sino más bien sólo de imitar y tener presente que no fuimos nosotros los que inventamos la sostenibilidad, sino que fue la misma vida quien lo hizo y gracias a ello tuvimos la oportunidad de ser.







Por elperiodicodeltietar 05 jul, 2017

Una vez oí que los actuales hombres y mujeres, para bien o para mal, caminamos sobre los hombros de los que nos precedieron. Es por eso que tenemos que rendir un homenaje, aunque sea pequeño, a esos hombres que caminaron antes que nosotros por nuestro valle.

CASTROS EN EL VALLE DEL TIÉTAR

En la provincia de Ávila pueden encontrarse un gran número de castros, unos con determinadas zonas parcialmente reconstruidas, tales como murallas, casas y zonas de "piedras hincadas", y otros en un estado de abandono realmente preocupante. Además, en mi opinión, y observando la localización de muchos de ellos, y la aparente persistencia en la cercanía de su situación entre ellos, faltan por descubrirse bastantes en esta provincia, debiendo trabajarse más en su descubrimiento para evitar los saqueos a que se hallan sometidos un gran número de yacimientos, algunos de ellos aún desconocidos para el gran público e, incluso, para los especialistas.

Castro de La Pinosa

Este castro se halla a 2 km aproximadamente al S de la localidad de Mijares.

Se sitúa entre las localidades de Gavilanes y Mijares, aunque pertenece al término municipal de este último pueblo. Al igual que en “El Berrocal”, aparecen restos de muros (en la zona SO), pero sin haberse recogido materiales arqueológicos que lo ratifiquen. Se observan restos de casas circulares ocupando la cumbre amesetada.

Según estudios realizados por David Martino Pérez en el número 2 de la revista 'Trasierra' de la Sociedad de Estudios del Valle del Tiétar (SEVAT) y dados a conocer en 1997 sobre la posible organización religiosa del hábitat, existen en ese sentido cinco lugares de interés: la necrópolis, el área ritual, el 'ustrinum' o quemadero, el santuario y un ídolo que presidiría dicho lugar sagrado.

Donde se encuentra actualmente la torreta de vigilancia de incendios se situaría la acrópolis, desde la que la visibilidad de muy diferentes lugares es espectacular: se divisan al Norte el pueblo de Mijares, su sierra y el puerto del mismo nombre; al Oeste Gavilanes, Pedro Bernardo, Lanzahíta y algunas de las cascadas más altas de la provincia de Ávila; al Sur todo el valle del Tiétar y la Sierra de San Vicente, en Toledo, con los castros de 'Cabeza del Oso' y 'Castillo de Bayuela'; al Este en días claros se observa la zona del puerto de Rozas. Además, a los pies de este castro aún se conservan trazas de un camino cuando menos medieval que se utilizaba para el ganado trashumante.

A unos 100 metros de la posible área ritual el autor antedicho cree que existe un centro de culto o santuario, delimitado por bloques graníticos al Oeste y cubierto en la actualidad de pinos y robles.

Castro de Escarabajosa (Santa Mº del Tiétar).

Señalado inicialmente como posible castro por el historiador Rodríguez Almeida en la publicación “Zephyrus” de julio-diciembre de 1955, se vuelve a insinuar su posibilidad de ciudad indígena prerromana en el primer tomo de la “Historia de Ávila”, coordinado por María Mariné. No obstante, ya en el año 2005 algunos autores lo confirman como castro vetón, próximo a corrientes de agua y con grandes zonas de pasto.

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